El pasado 26 de marzo Noelia Castillo Ramos, una joven de 25 años de Barcelona, España, recibió la eutanasia tras una batalla judicial y personal de más de 600 días
Ella quedó parapléjica tras un intento de suicidio en 2022 derivado de una violación múltiple. Su caso reabrió el debate sobre la eutanasia en España, donde esta práctica es legal desde 2021. El padre de Noelia se opuso al proceso, pero finalmente fue avalado por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Por ello la pregunta de esta semana es:
¿En qué debemos reflexionar tras el caso de Noelia? ¿Qué lecciones nos deja este caso?

Psic. Daniel Alejandro Durán/ Acompañante psicosocial de víctimas de la violencia.
Yo no he venido al mundo a juzgarlo sino a salvarlo. Quien pudiera juzgarlo no lo hace, como sus discípulos no lo hacemos tampoco nosotros. (Jn 12, 47)
La joven Noelia Castillo nos cuestiona como humanidad en su conjunto. Con nuestros avances profesionales en la salud mental, con nuestras tecnologías y nuestra filosofía para entender la vida, no hemos podido devolver la paz a jóvenes como Noelia, que ven el perder la vida como una opción ante la diversidad de sufrimientos resultados de la violencia , que no es más que el resultado también de una sociedad muy deshumanizada.
Jesús ha venido a darnos vida y vida en abundancia. Entonces para nosotros como Comunidad de Dios, el cuestionamiento es todavía más profundo, ¿De qué manera acompañamos a las víctimas de nuestros tiempos? La invitación es clara, el llamado a ser buenos samaritanos no es un romanticismo sino una responsabilidad aterrizada: Correr riesgos y superar la hostilidad de quienes debaten en contra o favor de la eutanasia, echar el corazón por delante y dejar que Dios ame a través nuestras acciones y actitudes, involucrarnos en la política de los tomadores de decisiones, en fin, las acciones son diversas como las variables legales, morales y humanas que se desprenden de este caso.
Noelia Castillo es efecto de una humanidad herida, un signo de nuestros tiempos y en concreto de nuestra comunidad fronteriza, donde por cierto tenemos los niveles más altos de suicidio.
Ante la dignidad de la vida, sin duda nuestra Iglesia tiene una voz que necesita ser escuchada, y también, sin duda, cuando viene acompañada de pies y manos se vuelve eco de nuestra Buena Madre, que dice «¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?» Para los corazones que sufren les decimos: ¡Estamos aquí! ¡No están solos!
Silvia Aguirre/ Centro Familiar para la Integración y el Crecimiento
El caso de Noelia nos confronta con una realidad dolorosa que no podemos ignorar. Nos obliga a preguntarnos si como comunidad, estamos fallando en ofrecer una alternativa de amor y acompañamiento para eliminar la alternativa de la eutanasia, que muchos buscan como solución a los problemas,
Existen personas que, sumidas en un sufrimiento profundo, pierden el sentido de su existencia. No ven otra alternativa más que acabar con su vida para silenciar el dolor. Se estima que muchas personas buscan estas vías debido a una pérdida total del sentido de vida; para ellas, el suicidio no es una elección libre, sino un escape ante un dolor que se siente insoportable. No buscan acabar con su vida, buscan acabar con el dolor.
Por otra parte, vemos que, históricamente, el suicidio ha sido un tabú, pero las Sagradas Escrituras y la historia de la Iglesia nos muestran a grandes figuras que, bajo el peso de la depresión o la desesperación, desearon la muerte:
Job, en su inmenso sufrimiento, llegó a maldecir el día en que nació y deseó morir.
Ignacio de Loyola también atravesó momentos de profunda oscuridad donde la idea de acabar con todo estuvo presente.
Estos ejemplos nos enseñan que el deseo de morir puede alcanzar a cualquiera, pero también nos muestran que podemos ser rescatados por Dios.
Aquí el punto es que nadie debe estar solo con su dolor. Si somos tantos en la comunidad, ¿cómo es posible que no nos organicemos mejor para apoyar a quienes sufren? Nadie debería estar solo con su dolor.
La mirada que propongo es una de confrontación constructiva hacia nosotros como Iglesia:
-Atención a la salud mental: Debemos priorizarla como una urgencia pastoral. Es lo que el Señor espera de nosotros.
-Redes de apoyo: Formar comunidades de intercesión y acompañamiento real para que, cuando alguien se sienta al límite, encuentre una mano tendida y no un vacío.
No podemos quedarnos solo en palabras. Debemos prepararnos para acompañar el sufrimiento antes de que sea demasiado tarde. Por lo pronto, estoy trabajando en lanzar un taller de prevención del suicidio. Es fundamental formarnos para detectar las señales y actuar a tiempo.
Mientras que el taller de duelo ayuda a quienes ya han perdido a un ser querido, el taller de prevención buscará salvar la vida de quien hoy está sufriendo.
Lo que sucede es una llamada de alerta. Como Iglesia, nuestra misión es sostener a los hermanos que sufren con la oración y una red de apoyo humano que evite que el dolor gane la batalla.
Psic. Elizabeth Barajas/
¿Has sentido alguna vez que tus brazos se sienten como piedras pesadas, quieres levantarlos y no puedes porque son como dos vigas de acero?; o has sentido que el aire no llega a tus pulmones, que la boca se te seca? Yo sí. Me ha pasado cuando me entero de casos tan terribles como el de nuestro pequeño Eitan, o cuando me aparecen en FB miles de rostros de niños, jóvenes u hombres y mujeres desaparecidos, o al ver imágenes de madres buscadoras desenterrando los restos de una persona; cuando escucho algunas narraciones sobre los comportamientos depravados del caso Epstein, y ahora recientemente, la muerte por eutanasia de Noelia.
Noelia era una chica de 25 años con toneladas de dolor acumuladas, por las heridas de su cuerpo y su alma, con una psique frágil y fácilmente vulnerable, pero era, sobretodo, ¡una persona valiosa en su dignidad!
Su mirada agachada y su cuerpo cansado me llevaron a entrar un poquito en su sentir; su dolor, su vacío que se suman a todos esos casos de mal, de violencia y perversidad. Espontáneamente, desde la pura carne surge el grito desesperado Señor, ¡¿por qué nos has dejado solos?! Pero al mismo tiempo aparece en mi mente la imagen de Juan Pablo II, con su rostro amoroso, su mirada penetrante y llena de luz y esperanza, y escucho fuerte su voz apasionada: ¡No tengan miedo!
Esta es la exhortación del papa Juan Pablo II y de la Iglesia con su encíclica Evangelium Vitae. «… toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute en el corazón mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación redentora del Hijo de Dios, la compromete en su misión de anunciar el Evangelio de la vida por todo el mundo y a cada criatura (cf. Mc 16, 15).» (EV, n.3)
No, no estamos solos, Cristo sigue aqui, en su Iglesia, cuya misión es transmitir la vida a la humanidad, y denunciar las amenazas que la acechan, estructuras sociales que actualmente influyen en la vida del hombre y causan tanto dolor.
“Si la Iglesia, al final del siglo pasado, no podía callar ante los abusos entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial” (EV, n. 5)
“Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. Al contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los ‘Caínes’ que asesinan a los ‘Abeles’; no, se trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática” (EV, n.17)
El sufrimiento de Noelia que autorizó al Estado a quitarle la vida, la desaparición de hermanos, la trata de personas, la perversión del abuso y secuestro de niños y más, clama a Dios. Y Dios escucha.
Juan Pablo II nos recuerda que Dios no nos ha dejado solos a merced de la muerte, entrega a su Hijo para que tengamos vida y nos compromete en la protección de la misma. Su sangre es nuestra vida, es nuestra fuerza.
“Es en la sangre de Cristo donde todos los hombres encuentran la fuerza para comprometerse en favor de la vida. Esta sangre es justamente el motivo más grande de esperanza, más aún, es el fundamento de la absoluta certeza de que según el designio divino la vida vencerá.
«No habrá ya muerte», exclama la voz potente que sale del trono de Dios en la Jerusalén celestial (Ap 21, 4). (Evangelium Vitae, n. 25)
Nuestra Esperanza es Cristo, su Amor real y personal, no estamos solos, Él sigue con nosotros. Tal vez estamos tocando puertas falsas donde no es la voz del Señor la que responde.
El mal no es más poderoso que el Bien. Es más grande el Amor.
“¡No tengan miedo!” (Juan Pablo II)































































