Mtro. Luis Enrique Olvera Mendoza/ Maestro en psicología Coordinador Pastoral Universitaria DCJ
Hace algunos años compré en línea un teléfono celular. Cuando me llegó y lo saqué de su caja, noté que tenía una rayadura leve en la pantalla. Este es un ejemplo de un defecto, el cual es definido por la RAE como «imperfección en algo o alguien». En el caso del dispositivo que mencioné anteriormente, la rayadura pudo originarse cuando lo empacaron o durante el transporte; esta analogía aplicada en el comportamiento humano implica que un defecto puede originarse durante nuestra historia de vida, ya que durante ella generamos aprendizajes, los cuales nos llevan a relacionarnos de manera adaptativa o desadaptativa con las cosas o con las personas en distintos contextos. Aunque también es innegable que podemos tender a ciertos defectos debido a nuestra carga genética. Así, podemos llegar a ser enojones, impacientes, pesimistas, obstinados, inconstantes, etc.

Por otro lado, la palabra vicio es definida por la RAE como «mala costumbre», lo que presupone que con nuestra inteligencia y voluntad accedemos a crear un mal hábito, como lo es, por poner un ejemplo, una adicción. Así, aunque a veces usemos indiscriminadamente las palabras defecto y vicio, al menos yo haría esa matización: el primero implica una tendencia innata o aprendida a comportarnos de manera imperfecta, mientras que para el segundo se necesita que accedamos de algún modo a construir una mala costumbre; uno podría llevar al otro, y en eso radica su estrechísima relación.
Para identificar tanto los propios defectos como los vicios en los que hemos estado incurriendo, es importantísimo buscar momentos de silencio e introspección durante nuestro día a día.
A veces pensamos que el examen de conciencia es algo que única y exclusivamente debemos hacer los católicos antes de confesarnos o durante el acto penitencial de la Santa Misa, pero es algo que varios santos recomiendan hacer, por ejemplo, todas las noches antes de dormir. Algunas de las preguntas que podemos hacernos son: ¿Cuánto amé hoy? ¿Qué tanto no amé hoy? ¿En qué se me dificulto amar? ¿A quiénes se me dificultó amar? ¿Hubo momentos o situaciones específicas en las que me fue más difícil amar? Cuando nos hagamos estas preguntas puede suceder que no tengamos claro qué significa amar. En esos casos es necesario aprender y meditar sobre el amor de Dios. Particularmente me gusta leer el Sermón de la Montaña, que se encuentra en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio según san Mateo.

Por usar alguna figura, si nuestra vida fuera un vaso y el agua con la que debe de estar lleno es el amor de Dios, ¿Cómo lo estamos llenando? ¿Perdiendo el tiempo en redes sociales? De nuevo, es necesario aprender y meditar sobre el amor de Dios para poder lograr este propósito, y para ello tenemos las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, así como tantas obras literarias de los santos.
Los defectos y vicios pueden llevarnos a pecar, y no hay que negarlo ni ocultarlo. Al pecado hay que llamarle así, no «fallas» o «errorcitos». Por ejemplo, si por defecto tiendo a ser inconstante en mis tareas diarias, puede que esté nutriendo el mal hábito de usar desmedidamente las redes sociales, y eso a su vez puede llevarme a pecar de avaricia, pereza, lujuria o de ira, por mencionar algunos pecados capitales.
A mi ver, los defectos nos pueden llevar a cometer pecados veniales y poco usuales, pero que igual hay que ser conscientes de ellos y confesarlos, considerando que la gracia sacramental nos dará lo necesario para ser cada vez más como Cristo.
Sin embargo, los vicios son factores de riesgo para cometer pecados mortales, pues estaríamos reforzando un comportamiento poca o nulamente virtuoso, lo que nos llevaría a alejarnos de la Luz, que es Dios mismo, y cuando nos acostumbramos a vivir de esta manera, es más fácil justificar el pecado, o en otros casos, nos puede llevar a desesperanzarnos acerca de nuestro propio cambio de conducta.
En todo caso, para poder combatir nuestros defectos y vicios, precisamente debemos de ser conscientes de que estamos en un combate espiritual, como bien dice Lorenzo Scupoli, para el cual el recomienda cuatro cosas: la desconfianza en nosotros mismos, la confianza en Dios, desarrollar las cualidades que Dios nos dio a cada uno de nosotros, y la oración. Aunque él desarrolla cada punto ampliamente en su obra El Combate Espiritual, yo enfatizo: frecuentar los sacramentos, consumir contenido formativo, acudir a dirección espiritual y/o psicoterapia, y, sobre todo, oración personal e íntima con Dios, quien conoce nuestros corazones, pero se deleita en que estemos en comunicación constante con Él.

































































